Gregorio Palomo Díaz

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Pintor español, nacido en 1935 en Burujón (Toledo) y fallecido en Madrid el 4 de abril de 1993 es, según la crítica más autorizada, uno de los mejores maestros del hiperrealismo pictórico español del XX, junto con Antonio López y Eduardo Naranjo.

De formación autodidacta, en 1960 toma la decisión de depurar su técnica a partir de las obras de los grandes maestros expuestas en el Museo del Prado.

Su obra, de marcado hiperrealismo, en su mayoría oleo sobre lienzo o tabla, se encuentra distribuida por diversos países del mundo: Estados Unidos, Méjico, Colombia, Japón y Alemania y en numerosas instituciones españolas como el Palacio de la Zarzuela, el Museo de Cera de Madrid, diversas Cajas de Ahorro, Cámaras de Comercio y colecciones privadas.

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Cacharros de cobre

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Mi madre me contó que a mi padre le pusieron a espantar grajos a los cinco años en el campo. Apenas pisó un colegio. Eran tiempos difíciles dónde lo importante era sobrevivir. Su amor a la pintura no era bien recibida en un entorno que sólo buscaba salvar un poco de cosecha para poder comer al año siguiente.

Pero mi padre, con una vocación más allá de cualquier limitación, buscaba la manera de pintar. De tal forma era así que, según mi madre, siendo apenas un adolescente, aprovechaba la piel de los corderos que habían sido sacrificados para el alimento de las familias más pudientes… Él secaba esas pieles y las convertía en lienzos donde poder plasmar su creatividad.

También me contó mi madre que una familia rica del pueblo quiso pagarle los estudios en Bellas Artes, ante el talento que mostraba más allá de las adversidades.

Mis abuelos se negaron y prefirieron que mi padre siguiese espantando grajos en el campo…

Todos mis esfuerzos… van por tí, papá.

“Cacharros de cobre” Gregorio Palomo Díaz.marco y cacharros

Yolanda y el mar

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Gregorio Palomo Díaz: el pintor de la poesía

Diálogos con mi padre

Hoy quiero recordarte, en este amanecer de otoño, acurrucada en los acordes de Machado y, como quien silba brisas, recitarte…

“Una larga carretera entre grises peñascales y alguna humilde pradera donde pacen negros toros.  Zarzas, malezas, jarales. Está la tierra mojada por las gotas del rocío y la alameda dorada  hacia la curva del río. Tras los montes de violeta quebrado el primer albor, a la espalda la escopeta, entre sus galgos agudos, caminando un cazador”

¿Recuerdas cuándo tus manos quisieron ser la expresión de tu alma? Yo no había nacido aún. Ni siquiera me imaginabas. Apenas eras un niño que crecía en la adversidad de un mundo hostil que negaba tu infancia repleta de inquietudes y sueños.